Pagar dos millones cien mil euros a tocateja por un lujoso chalet en lo más exclusivo de Barcelona y más de 700.000, también al contado, para ponerlo de punta en blanco, sin que se conozca de forma fehaciente, según informes de la UDEF, la procedencia de tanto parné, nos deja el diccionario insuficiente para mostrar nuestro desasosiego e impotencia. Si, además, la súbita fortuna de la que se nutren esos excesos es, como dicen, superior a los 2.000 millones de euros y de origen ilícito, produce una estupefacción infinita entre la parroquia observadora de este vituperio.
Estos troles del sistema se superan los
unos a los otros. Ahora son los Pujol,
antes los Urdangarín, los de la Gürtel, los de Bankia y de las cajas de ahorros, los de los ERES, los del Palau, los de la especulación urbanística, los
Fabra, los del Palma Arena, los de Marbella,
los de los cursos de formación… después
vendrán otros a seguir engordando la lista interminable de saqueadores de la
patria. Ellos han contribuido a situar a
España en la primera división de la corrupción internacional, por encima de Qatar, Botswana, Bután o Chipre, según datos del Índice de Percepción de la Corrupción 2013 de Transparency International.