lunes, 9 de marzo de 2015

De emigrantes

Habían pasado 40 enormes años y el tiempo parecía haber quedado encerrado en una pequeña cajita de marfil para Manuela. Como si fuera ayer, todavía sentía aquel inhibidor temblor de piernas en la estación de tren de su pueblo. Nunca supo descifrar si su origen era fruto del fresco que arreciaba en aquella mañana de noviembre o si, más bien, sería el letargo que, sin pedirle permiso, le venía abatiendo el ánimo durante las últimas semanas.


En realidad, desde que su padre emprendió el éxodo meses antes, no había dejado de sentir aquel desasosiego cada atardecer, cuando notaba como la mirada de su madre se trasponía en silencio, sentada en la mesa de camilla de la oscura sala de estar, tejiendo unos interminables suéteres de lana de colores mientras, ella y sus dos hermanos, asentían en silencio aquella honda añoranza. El desconsuelo general sólo se veía alterado por el sobresalto que les producía a todos la llamada a la puerta del cartero para entregarles aquellas escuetas cartas de esperanza que su hermano mayor leía en voz alta, o cuando, los sábados por la mañana, todos acudían a la centralita telefónica a la espera de que la operadora les indicara la cabina desde la que podrían sentir la alentadora voz del padre. Él les relataba su aventura en su lejano dorado y les recalcaba machaconamente el importe del giro que enviaría la próxima semana. Aquellas breves interlocuciones siempre acababan de la misma forma: pronto todo estaría dispuesto para la partida y el reencuentro.   

Aquella mañana sabía que, a sus dieciséis años, dejaba todo atrás. Un todo miserable, pero querido al fin de cuentas. En aquel andén, decorado con maletas de cartón y cestas de mimbre repletas de viandas para sobrevivir durante las primeras horas hacia un destino inimaginado, se quedaba su casa familiar, anclada a la majestuosa Peña que había presidido el devenir de tantas generaciones. Prisioneros del destino, quedaban en aquellas sinuosas callejuelas sus abuelos, sus primos, sus primeras amigas del juego de la comba y el olor a gallinazas del estricto corral que compensaba el sustento familiar en el largo trecho entre temporadas de aceituna.

Entonces era todavía Manoli, delgada y larguilucha, de un abundante cabello castaño que su madre le enseñó a recoger en dos espesas trenzas que permitían resaltar su rostro ovalado y sus asomados pómulos. Manoli había sabido ser feliz desde muy niña con las oportunidades que le brindaron sus juegos infantiles, sus escasos años de escuela y las largas caminatas de invierno por los caminos que conducían, entre canciones y alboroto, al frío y deseado tajo que cada invierno les aportaba la base de la subsistencia, y, a cuya vuelta, a la caída de la tarde, eran agasajadas por los niños con aquella inolvidada coplilla de bienvenida:

Aceituneros de pío, pío,
cuántas fanegas habéis cogío,
fanega y media
y el culo frío.



Se resistía a admitir que ya nunca más bajaría y subiría la empedrada calle que, bordeando el secular campanario de Santa Marta, conducía a la plaza de sus sueños infantiles y adolescentes de los domingos por la tarde, donde, compuesta con su vestido nuevo y, enganchada a los brazos de sus amigas, darían vueltas y vueltas entre la muchedumbre y donde a veces eran gratamente perseguidas y señaladas por aquellos mocetones del barrio de la Fuente de la Villa. No sabía si volvería a sentir la magia de la feria de San Juan en el mes de junio, donde el carrusel, la noria, el tiovivo, las casetas de tiro y los puestos de turrón engalanaban la plaza como si fuera un homenaje al cierre vacacional de las escuelas y de gran bienvenida a las sorpresas del verano entrante.

También entonces había aprendido a admirar a aquel muchacho que desde hacía unos meses se sentaba a su lado en la sesión de matiné y al que alguna vez, amparados en la oscuridad, ya había dejado acariciar su mano, mostrándole su asentimiento con una contenida sonrisa mientras salían, entre el gentío, al finalizar la sesión camino de una madrugada donde el cosquilleo de pajarillas en el estómago no la abandonaría hasta que Morfeo la venciera con sueños blancos y enamorados.

Un brusco traqueteo hizo abrir los ojos de Manuela mientras se abrían las puertas del vagón de metro en el que durante más de media hora había permanecido embelesada tratando de amortiguar la fatiga de una jornada más de trabajo. Sintió que aquella vieja estación de tren había significado el punto de partida hacia otra vida, la del futuro para ella y su familia, pero que le arrancó un enorme trozo de existencia que siempre le pareció inacabado.  


A.J.G.G.

6 comentarios:

  1. Precioso, Antonio. Se le he mandado a dos primas hermanas nacidas y criadas en Martos. Yo escribí una cosa parecida, pero el protagonista era Manuel, el hortelano que cuidaba el huerto de mi abuela. Anda por ahí en el antiguo blog.
    A lo mejor este cuento supone el inicio de una etapa menos crítica y más literaria. Ojalá las modestas creaciones literarias nos unan en otro campo más.
    Un abrazo y bienvenido al mundo de los cuenteros.

    AG

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No se si te pasa a ti igual, pero cada año que pasa rememora uno más flash del pasado que tiran de ti como si quieran volverte al paraíso. Gracias por tu complacencia y tus ánimos, pero yo nunca podré emularte, sólo soy un pacífico guerrillero. Un abrazo.

      PD.: No encuentro tu historia de Manuel de que me hablas.

      Eliminar
  2. Muy bueno, se hace corto de lo ameno que es leyéndolo... Saludos.
    Elperroverde

    ResponderEliminar
  3. A menudo, un aroma, una música o una voz, nos traen recuerdos que andaban dormidos muy dentro de nosotros, y lo hace en forma embriagadora sumergiéndonos en el pensamiento profundamente , hasta hacernos revivir de nuevo, aquellos momentos de dolor o de nostalgia pero ya, con el barniz dulce o amargo del tiempo pasado., .

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No debemos perder la memoria para cuidar del futuro. Saludos.

      Eliminar